La Fundación Caja de Burgos acoge en la Casa del Cordón la exposición ‘Benjamín Palencia. De principio a fin’

La Fundación Caja de Burgos acoge en la Casa del Cordón la exposición ‘Benjamín Palencia. De principio a fin’
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La muestra, que permanecerá abierta hasta el 29 de abril, recorre la intensa trayectoria artística de uno de los pintores más representativos del arte español del siglo XX

Benjamín Palencia

Exposición “Benjamín Palencia. De principio a fin”

La sala de exposiciones de la Casa del Cordón acoge desde hoy y hasta el próximo 29 de abril la muestra Benjamín Palencia. De principio a fin, con un centenar de obras, procedentes de numerosas colecciones particulares y entidades públicas, que ilustran todas las etapas, todas las preocupaciones artísticas, las diferentes técnicas, los distintos soportes, los géneros y las variadas temáticas que Benjamín Palencia, uno de los grandes nombres de la pintura española del siglo XX, desarrolló a lo largo de su muy fértil vida creativa.

La larga vida de Benjamín Palencia (Barrax, Albacete, 1894 – Madrid, 1980) y su enorme producción artística (se conoce obra suya fechada en 1912 y se mantuvo activo casi hasta el final de sus días) ha sido, con excesiva frecuencia, reducida a unos pocos hechos singulares. La mayor parte de los textos biográficos reflejan su relación con la intelectualidad madrileña (ciudad en la que vivió a partir de1909), su vinculación con el arte de vanguardia, la participación en relevantes exposiciones en la historia del arte moderno español, su proximidad afectiva al movimiento surrealista y, sobre todo, la creación de la Escuela de Vallecas en torno a 1930 junto al escultor  Alberto Sánchez. Tras la Guerra Civil y la formación de la Segunda Escuela de Vallecas en 1941 tanto su figura como su obra han sido tratados de manera menos atenta y rutinaria que sus etapas precedentes.

Benjamín Palencia

Exposición “Benjamín Palencia. De principio a fin”

Esta exposición en Cultural Cordón propone, por el contrario, un repaso a toda su obra, una vindicación de su quehacer completo, sin limitaciones ni prejuicios, de algún modo un redescubrimiento de un artista complejo, un creador tan difícil de encorsetar como de conocer en profundidad. Extremadamente celoso de su intimidad, distante y desapegado durante muchos años de la vida cultural del país, no son pocos los “recuerdos inventados” y los datos inexactos que se han propalado en diferentes publicaciones durante años. Por ello, acercarse con honestidad al conjunto de su obra, ha requerido también una labor de documentación, y comprobación de hechos ciertos y atribuidos, con que iluminar una de las personalidades más atractivas y relevantes del arte español del siglo XX.

Las noventa y nueve obras que componen la exposición en la Fundación Caja de Burgos suponen un reencuentro con la mejor pintura de la vanguardia española, pero también un verdadero homenaje al gran renovador del paisaje castellano, a un creador que no se detuvo nunca y cuya actividad pictórica estuvo siempre presidida por una imaginación desbordada. Desde su primera concepción plástica, entre impresionista y cubista, su proximidad formal a la abstracción —bajo cuya etiqueta nunca se sintió a gusto— y al lenguaje surrealista, el uso del collage y el empleo de ideogramas hasta el reflejo de la tierra y el paisaje castellano o el recurso a una figuración tan pronto clásica como de extremada fiereza se concitan por igual en esta muestra. Las superficies empastadas y monocromas de los años treinta junto a los coloristas figurines creados para la compañía teatral “La Barraca”; los dibujos y los paisajes de aguerridos colores y pincelada saturada en convivencia con un dibujo esencial y depurado en los años cincuenta; las formas orgánicas, leves y apenas enunciadas en contraste con la contundencia formal, pétrea y volumétrica de sus obras finales. Un verdadero canto a la pasión creadora de un artista que traspasó, una y otra vez, sus propios límites sin descanso. De principio a fin.

Textos históricos

 Una de las particularidades de la exposición, y del catálogo que se publicará al efecto, será la inclusión de numerosos textos históricos, algunos de ellos inéditos y otros de difícil localización, tanto escritos por el propio Palencia como por diferentes personalidades de la cultura ligados a su vida y obra, como Juan Ramón Jiménez, Juan de la Encina, Luis Rosales, José Bergamín, Luis Felipe Vivanco, Francisco Rivas o José Agustín Goytisolo.

LA EXPOSICIÓN

1915-1929. Hacia la modernidad

No es demasiada la obra que se conserva de los primeros años del artista. La muestra comienza con pinturas y dibujos fechados en torno a 1915. Paisajes de factura suelta y evocación impresionista y retratos explícitos, realistas, que van dando paso poco a poco a la introducción de valores plásticos de sorprendente cromatismo. Así sucede con algunos de las obras emblemáticas de este período, como El grabador o Muchacho, de 1920, o Paisaje del norte, de un año antes. Una modernidad que parece estallar en las naturalezas muertas, desnudos y vistas urbanas de mediados de los veinte, como en el bellísimo Bodegón con brevas o Guitarra, de clara ascendencia cubista. A finales de esta década inicia, junto al escultor Alberto Sánchez, lo que se acabó denominando Escuela de Vallecas, un movimiento que buscaba la adecuación de los valores identificativos de un país y que sirviera de alternativa alas corrientes importadas del exterior.

1930-1936. Surrealismo, construcción, libertad

Instalado de lleno en el centro del ambiente cultural madrileño, Palencia colabora con algunas de las principales empresas de artísticas de la vanguardia, como la revista Cruz y Raya. Viaja además a Italia, Estados Unidos y Alemania, además de celebrar su primera exposición en París en 1933. El propio Palencia publica en 1932 un texto iluminador sobre su obra de estos años y sobre el arte del momento: “No sé dibujar, no quiero saber dibujar —dice— […] Lo principal es tener luz en la inteligencia y en el corazón para que todo esté en su sitio geométricamente limpio, diciendo con pureza todo lo que se tiene que decir plásticamente”. Un alegato contra la imitación de la realidad y una defensa del arte libre. Su pintura se adentra en el surrealismo, con un marcado eco constructivo que lo vuelve más abstracto y radical que la mayoría de los artistas de este movimiento.

1938-1948. Reencontrarse con el arte

“[La guerra] fue una experiencia terrible, que me afectó profundamente —escribió Palencia— y alejó mi pintura del hombre, en busca de una naturaleza sin odios”. Ya en 1936 Palencia había participado en la Bienal de Venecia con una obra más realista, más narrativa podríamos decir, más declarativa, pero la pintura de este período no deja de traslucir el momento personal que atraviesa: un paisaje áspero, con frecuencia desolado, niños, labriegos, gentes del campo, un halo de frustración y quizá de derrota en una pintura nostálgica. Es el tiempo de la segunda Escuela de Vallecas, con la que querrá evocar aquella primera experiencia de comienzos de los años treinta junto a su amigo Alberto Sánchez. El nuevo grupo pinta y dibuja al aire libre aquello que ve, “en las calles, en los pórticos de las iglesias, en los corrales”. Muchachos, hombres, paisajes. Un paisaje que parece revelado, esencial y profundo que lo liga las experiencias anteriores de la generación del noventayocho en obras como Virgen del páramo (Vallecas), de 1942, o Vista de un pueblo, Villafranca, de 1945, localidad a la que liga una buena parte de su vida. Pero su obra no abandona del todo el eco de la vanguardia. Asoma pronto con un nuevo ímpetu en su pintura de finales de la década, con dibujos que se han llamado “picassianos”, alegres y de feroz cromatismo.

1949-1958. Renovar el paisaje

Una de las características de la vida de Palencia fue su particular aislamiento, su distanciamiento paulatino de la vida social y cultural del país. La pintura lo ocupa todo. Vuelve a participar en exposiciones internacionales (Bienales de Venecia 1950 y 1956; Bienal Hispanoamericana de La Habana, Exposición Internacional de Pittsburgh, Bienal de Sao Paulo, exposición en Múnich…), pero la mayor parte de su tiempo lo pasa en la soledad de su estudio. Sus paisajes son ahora contundentes, de colores saturados y formas construidas, casi abstractos, de una geometrización depurada. Son vistas lejanas, con un punto de vista inusualmente alto, como captadas desde una cima. Un modo de apropiación del paisaje, de atraparlo y atraerlo, de situarlo a los pies del espectador que sin duda es consecuencia de la experiencia vital del artista, residente largas temporadas en el entorno rural de Villafranca de la Sierra (Ávila).

1959-1967. Yo soy inventor de pintura

En 1959 Benjamín Palencia concluye su texto Yo soy  inventor de pintura, toda una declaración programática de su arte que arranca con una frase arrebatadora: “ROMPERME la cabeza con los colores y las rayas: este es mi destino. Desde que me levanto hasta que me acuesto estoy sometido a este mundo mágico del Arte de la Pintura”. Y prosigue: “MI PINTURA es una imagen mía de creación. Yo tengo necesidad de dar expresión a mi imagen del mundo; por eso es así mi pintura”. […] “MI SOLEDAD hace posible la realización plástica de mi mundo mágico-poético”. Además de participar en exposiciones en París, Nueva York y Filadelfia, un viaje por Roma invitado por la princesa Pallavicini, dará como fruto un grupo de curiosos dibujos a rotulador. La Via Apia, o La fuente de la tarataruga, de 1964 son formalmente muy similares a otros trabajos anteriores, como Los jardines de la Alhambra, de 1960: primeros planos de los elementos que definen el paisaje, monumentalización de las vistas y de las tomas que se acentúa aún más en los bodegones que sitúa ante escenarios naturales, como Los geranios, de 1966.

1969-1980. Perderse en los cielos y en los caminos

“…Soy una criatura del mundo que sabe llorar ante las planicies de rastrojos y cardos de esos surcos de La Mancha. También sé perderme en los cielos, y en los caminos […]”, escribe en una nota mecanografiada de 1972 que titula  Autorretrato. Pintura sin límites, sobre superficies diversas, también sobre objetos encontrados, como las piedras o sencillos fragmentos de teja o ladrillo. Rostros, rocas, paisajes… “¡Cómo nos gustan a los pintores —dijo Palencia— las cosas tiradas, todo lo que hay en el suelo! Ese tornillo, esa piedra…”. Una pintura popular y espontánea, desprejuiciada, pero muy ligada a la tierra, a la experiencia personal, a la pasión por crear y pintar. De principio a fin.

UNA NOTAS SOBRE BENJAMÍN PALENCIA

Alrededor de 1909 Benjamín Palencia comienza a vivir en Madrid, copia obras en el Museo del Prado y poco a poco se introduce en el ambiente artístico de la mano de Juan Ramón Jiménez. Su obra primera, como señala Corredor Matheos, uno de sus grandes estudiosos, podría identificarse con el realismo en unos años en los que el pintor busca afianzarse y encontrar su sitio en el panorama artístico español. Es una obra realista realista, sí, pero ya absolutamente  moderna que la acerca de inmediato a las experiencias de vanguardia europeas. El colorido extremo, el trazo longilíneo y la factura empastada recuerdan de inmediato a los fauve.

En 1925 participa en la Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos, muestra que reunió a la vanguardia española en el Palacio del Retiro de Madrid. Ese mismo año viaja a París, ciudad en la que entró en contacto tanto con los artistas españoles más relevantes del momento como con otros europeos allí. Podría decirse que el surrealismo constituye en su obra una fuente de imaginación, un surtidor temático al que acomoda su pintura. Si en sus comienzos se dejó zarandear desde el impresionismo al cubismo, el encuentro con el surrealismo le permitió explotar una nueva veta en la que entremezcla el simbolismo con el paisaje castellano, la ¿abstracción? y la figuración metafísica de la vanguardia italiana.

En torno a esos mismos años se documentan las primeras salidas del pintor por Vallecas, junto al escultor Alberto Sánchez y otros artistas y poetas como Maruja Mallo, Díaz Caneja, Alberti y García Lorca. Es este el origen de lo que se llamó Escuela de Vallecas: largos paseos iniciados en la estación de Atocha por los alrededores de Madrid que pronto ampliaron hacia provincias limítrofes con la ambición de promover un arte nuevo, decididamente de vanguardia, pero ligado a la realidad local. La naturaleza por un lado y los desechos urbanos fundidos en el deseo de crear una alternativa a las corrientes artísticas europeas, un crisol de lo universal y lo particular de imposible concreción iconográfica.

La segunda Escuela de Vallecas, promovida por Palencia junto a otros pintores como Álvaro Delgado, Francisco San José, Luis Castellanos y Carlos Pascual de Lara, se inserta en medio del poco alentador panorama artístico de la posguerra española. Un período en el que la visión del paisaje castellano se sublima, se acentúa su sobriedad, su fuerza esencial y emocional que lo liga con otros períodos precedentes del arte español como la Generación del Noventayocho o la obra de Solana y Regoyos.

A finales de los años cuarenta la pintura de Palencia da un nuevo giro. Se despoja de referencias clásicas y regresa a un discurso más libre y renovador. El colorido casi ausente en los años de la segunda Escuela de Vallecas regresa con fuerza. Ni rostros ni paisajes se preocupan por la fidelidad al original, solo hay lugar para una constante transformación que no parece detenerse nunca. Son años en los que se sucederán las exposiciones sin tregua. Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, muestras en Alejandría, El Cairo, Pittsburgh o la Bienal de Venecia en 1950, a las que se suceden otras en Munich, París, Lisboa… Un largo currículum que se completará con el ingreso en 1974 en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y la donación de un relevante conjunto de obras al Museo de Albacete, inauguradas en 1978 en una sección que llevará su nombre.

INFORMACIÓN

HORARIO DE VISITAS:

Martes a sábado de 12 a 14 y de 18 a 21 h

Domingo de 12 a 14 h. Lunes cerrado

Visitas guiadas: martes y jueves, 20 h

Visitas concertadas y escolares (español, inglés y francés): 947 256 550

Disponibles signo-audioguías adaptadas para personas con diversidad funcional auditiva.

Catálogo: 272 págs.; 21 x 19 cm > 20 €

A la venta en la sala de exposiciones y en la librería on-line:

www.cajadelibros.com

Vídeos didácticos sobre la exposición en:

www.culturalcajadeburgos.com/canalarte

www.culturalcajadeburgos.com

Proyección documentales: “Benjamín Palencia. Una vida de creación”

Benjamín Palencia A fondo. Entrevista de Joaquín Soler Serrano. TVE, 1976. Benjamín Palencia: Autorretrato en Castilla La Mancha (fragmentos) TVE, 1991.

Miércoles 14 de marzo  y 18 de abril, 20.15 h

Cultural Cordón > Auditorio

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